Dos muertes, Allende y Pinochet

Murió Pinochet (A.K.A. “el traidor”). Considero de mal gusto festejar la muerte de alguien. Festejar, porque alegrarse es distinto… es inevitable, a uno le nace de adentro y no se puede parar ¿no? Y no es el objetivo de este post festejar nada.

Sólo quiero hacer una comparación entre las muertes de Salvador Allende y Pinochet. Dos muertes enteramente distintas que dejan bien en claro como fueron cada uno de ellos en vida, también enteramente distintos. Uno murió como un valiente, el otro como un cobarde.

2006 – Augusto Pinochet pasa toda su vejez huyendo, siempre de forma poco digna. Tiene miedo, el mismo miedo que lo llevó a no comprometerse con el golpe de estado hasta que no tuvo garantías de su éxito. Teme correr el mismo el futuro de sus pares argentinos y se dicta una constitución a medida, auto-otorgándose fueros de por vida. Tanto miedo tiene que no contento con eso, se reserva la comandancia del ejército, no sea cosa que con ser senador vitalicio no alcance y haya que poner en su lugar a algún desacatado.

Y aquí empieza la parte más patética. Todo vale con tal de no rendirle cuentas a la justicia. Finge senilidad y enfermedad. Recurre a sus influyentes amigos (otra vieja despreciable, entre ellos). Sin ruborizarse, culpa a sus subordinados de sus crímenes -que él ordenó. Usa a su familia de testaferro en sus chanchullos, emporcando a su mujer y sus hijos para esconderse tras ellos. Le llega la hora a los 91 años en una cómoda cama, la justicia nunca lo alcanzó. Jamás tuvo la decencia de responder por sus actos. ¡Hacen tantas ganas de que exista el infierno!

1973 – Salvador Allende es consciente del peligro. No negocia su programa, a sabiendas de que sería traicionar al pueblo que lo votó. Sí, en cambio, está dispuesto a un plebiscito para que sea el propio pueblo el que diga si se tiene que ir, no los militares, no El Mercurio, ni mucho menos las grandes corporaciones ni la CIA.

Sabe que lo van a matar. Los que van a derrocarlo no pueden gobernar tranquilamente con semejante preso. Tiene la opción de huir, y tiempo. Pero no lo hace. No se escapa. No se va aotro país, ni pide refugio a una embajada amiga. El hombre tiene bien claro que tiene un deber y lo que tiene que hacer.

Nunca fue un combatiente, siempre profesó la “vía pacífica al socialismo”. No necesita poner cara de malo, ni es autoritario. No tiene tropas leales. “No tengo pasta de mártir”, había dicho.

Pero las tiene bien puestas.

Con su casquito y su AK-47 decide enfrentar su destino, con la convicción de que del lugar que lo puso su gente sólo lo sacan con los pies para adelante. Va a morir como un hombre.

Salvador Allende

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No era un brabucón de los que abundan. Lo dijo y lo hizo.

 

Así habla un hombre digno y un patriota. Aprendan los eternos “salvadores de la patria”.

 

Emocionante. Ejemplo de entereza, consecuencia, y valentía.

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